Categoría: Viajes

  • Las dificultades de acceso, una barrera de protección en destinos naturales

    La inaccesibilidad de ciertos destinos naturales actúa como una barrera de protección contra el turismo masivo u overtourism. Este efecto colateral se hace evidente en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas. Para su medio millón de visitantes, la respuesta a cómo acceder a Isla de Ons o Cíes es el transporte marítimo, previa obtención de un permiso ante la Xunta de Galicia. Estas medidas y limitaciones, a priori negativas, tienen un impacto beneficioso sobre la «salud» de su patrimonio natural.

    Pese a ser un motor de desarrollo, el turismo mal gestionado puede degradar ecosistemas enteros. El cierre de Maya Bay, en Tailandia, es paradigmático. Este exótico arenal alcanzó fama mundial tras el estreno del film La playa, pero el Gobierno restringió su acceso indefinidamente tras constatar que los corales habían desaparecido en un ochenta por ciento.

    La tragedia ecológica de Maya Bay alerta de los peligros del sobreturismo. Una medida básica para combatirlo es limitar el aforo, algo relativamente fácil en archipiélagos y otros lugares remotos.

    Desde un punto de vista ambiental, que un destino turístico sea inaccesible por medios aéreos y terrestres no es necesariamente malo. La afluencia de visitantes se produce entonces por la vía marítima, lo que facilita su regulación y vigilancia.

    Como resultado, los efectos perjudiciales del turismo —como la generación de residuos, la erosión del suelo, la contaminación acústica o la perturbación de la fauna y la flora— se reducen de forma drástica.

    Otra ventaja de las limitaciones de acceso es el menor riesgo de que especies invasoras se introduzcan en espacios protegidos, provocando injerencias en su cadena trófica e incluso la desaparición de endemismos de gran valor. Una muestra de su poder destructor está en la perca del Nilo (Lates niloticus), cuya inclusión en el Lago Victoria desencadenó la pérdida de doscientas especies autóctonas.

  • La playa que todos quieren visitar al menos una vez

    Quien ha pisado Rodas Islas Cíes sabe que el reloj allí parece ir a otra velocidad, quizá la de las mareas que afinan el borde de una lengua de arena blanca como si fuera un trabajo de artesanía. El Atlántico, con su fama de agua brava, se presenta transparente y casi tropical en apariencia, pero recuerda su latitud en cuanto uno mete el tobillo: fresquito vivificante, por decirlo con sutileza. Ese contraste es parte del encanto, y también un sistema de filtrado natural contra quienes confunden paraíso con piscina templada. Aquí, la experiencia es un relato sensorial: el rumor constante, el yodo que limpia la cabeza y el verde islandés que enmarca la escena como si alguien hubiese subido la saturación del paisaje.

    La arena no está ahí por casualidad. Une las islas do Faro y Monteagudo formando un istmo que dibuja a un lado la playa abierta al océano y, al otro, una laguna calma de tonos jade donde la luz se queda a vivir un rato más. Es un equilibrio frágil, custodiado por el Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas de Galicia, que protege dunas, aves y fondos marinos con una discreción que se nota en lo que no se ve: no hay coches, no hay hormigón innecesario, no hay música prestada. Solo viento y sal. Si suena algo, es la banda sonora de las gaviotas, que se toman muy en serio su papel de inspectoras de tu bocadillo; conviene no subestimarlas, ni subestimar su ojo clínico para detectar una bolsa abierta a veinte metros.

    No es casualidad que esta curva de arena haya sido encumbrada por guías y rankings con fervor casi futbolero. Pero más allá de los titulares, lo valioso sucede al caminar descalzo desde el embarcadero, cuando la madera de las pasarelas cruje y uno comprende que el acceso limitado no es capricho, sino salvavidas. La capacidad diaria es controlada y, en temporada alta, conviene reservar billete y autorización con antelación porque el aforo no se estira por mucha buena voluntad. Los barcos salen desde Vigo, Cangas o Baiona según la época del año, y el trayecto es una introducción líquida: si el mar está juguetón, el vaivén te lo explicará con pedagogía; si está manso, verás delfines a veces haciendo de anfitriones discretos.

    El baño tiene su propio ritual. Un pie, respiración honda, el otro pie, una breve negociación mental y, a los tres segundos, una carcajada helada que no figura en los folletos pero permanece en la memoria. La recompensa es inmediata: la claridad del agua pone cada granito de arena en HD, las corrientes son respetuosas si uno lo es, y en días sin viento el espejo líquido convierte el cielo en parte del paisaje subacuático. Para quienes prefieren pasear, la orilla ofrece kilómetros de microhistorias: restos de conchas, líneas de espuma que trazan caligrafías y ese momento mágico en que el sol se cuela entre nubes y convierte la superficie en aluminio líquido.

    En tierra firme, el secreto mejor guardado es que el paraíso también se mira desde arriba. Las rutas señalizadas conducen a miradores como el Alto do Príncipe o el Faro, donde el azul se multiplica y la arena dibuja un guion perfecto visto desde la altura. Es una caminata amable si se lleva agua, gorra y zapato que no se rinda ante la roca. De paso, conviene detenerse frente a la duna protegida y recordar que la belleza tiene normas. No es un museo, pero si lo fuera, ese cordón dunar sería su cuadro más delicado: no se pisa, no se remueve, no se colecciona. La naturaleza aquí no se lleva de souvenir; se lleva en el recuerdo y, con suerte, en un par de fotos sin prisas ni filtros estridentes.

    El capítulo logístico tiene su encanto periodístico, aunque no suene glamuroso. Hay baños, hay socorristas cuando el calendario aprieta, hay un bar y un camping que es casi una novela de verano donde conviven mochilas ligeras, desayunos con prisa por salir a la luz y conversaciones con olor a café. No hay hoteles rascacielos, ni falta que hacen. La noche, cuando toca quedarse, trae un cielo limpio con vocación de planetario improvisado y una brisa que pide chaqueta, sí, incluso en agosto. La temperatura juega a despistar a los forasteros, pero a la segunda tarde uno aprende que la crema solar y el jersey son buenos compañeros de viaje, tanto como el sentido común para volver con la misma basura con la que se llegó.

    La fauna ofrece titulares propios. Más allá de la legión alada empeñada en supervisar meriendas, el cormorán moñudo firma apariciones estelares y el mar protege bosques de algas que son pequeños vecindarios submarinos. La coexistencia es la norma: las aves anidan, los humanos acotamos nuestros impulsos, y todos ganan. Por eso hay zonas cerradas, paneles que advierten y personal que explica con una paciencia que merece aplauso silencioso. De vez en cuando, algún despistado intenta reescribir el manual; la marea, infalible editora, lo corrige a tiempo.

    Para quien llega por primera vez, hay un aprendizaje que se adquiere sin manuales: la economía del silencio. No hace falta mucho para entender que el rumor de las olas no compite con altavoces y que el eco en los senderos trae de vuelta lo que uno lanza. Es una etiqueta no escrita que agradece quien viene detrás, ese paseante que va a descubrir, unos metros más allá, que el bosque de pinos se abre y el mar aparece como si lo encendieran con un interruptor. Es el momento en que el periodismo se queda sin adjetivos y la crónica, humilde, se limita a reproducir una escena: toallas como pequeñas islas, niños con cubos que son ingenieros de diques de arena, parejas que discuten si el agua “está tan fría como dicen” y alguien, siempre hay alguien, que mira el horizonte como si allí estuviera el principio de algo.

    Quien repite visita, en cambio, perfecciona la liturgia. Llega en el primer barco para ganarle horas al sol oblicuo, busca hueco lejos del ajetreo del muelle, se guarda una ruta de tarde cuando el calor afloja y la luz vuelca dorado sobre el arenal. Sabe que a veces la niebla entra sin pedir permiso y convierte el paisaje en una postal de misterio, y que esos días se disfruta distinto: menos postal, más atmósfera. Sabe también que el viento puede cambiar de humor y que un chubasquero ligero pesa poco y salva una tarde.

    Hay lugares que exigen hipérboles y otros que se bastan con datos; este prefiere una mezcla honesta de ambos. Está protegido por un parque nacional, tiene un sistema de control de acceso que funciona, fue elogiado en listas internacionales, y sin embargo su grandeza no cabe en los rankings. Pide respeto y tiempo, dos recursos que escasean, y devuelve una sensación que rara vez ofrecen los destinos sobreexpuestos: la impresión de que, aunque lo conozca medio mundo, todavía es posible encontrar tu propio trozo de arena, tu minuto de silencio y una historia mínima que contar al volver, sin necesidad de que nadie te crea a la primera cuando digas que el agua estaba fría y, aun así, era imposible salir.

  • ¿Qué son las Dunas de Corrubedo y por qué lideran el turismo en las rías gallegas?

    Con trescientos mil visitantes anuales, el Parque Natural de las Dunas de Corrubedo y lagunas de Carregal y Vixán es el más visitado de Galicia. Sus mil hectáreas están situadas entre la ría de Muros y Noya y la de Arousa, en la parte norte del mapa de las rías baixas. De todos sus reclamos turísticos, el complejo dunar es el espacio que despierta más interés y admiración entre sus visitantes.

    Corrubedo presume de ser una de las dunas móviles más grandes de Europa, con un kilómetro de extensión, doscientos cincuenta metros de ancho y una altura superior a los veinte metros. Su arena blanca es visible a largas distancias, y a diferencia de otros paisajes, cambia y evoluciona con el paso de los años.

    Cerca de las Dunas de Corrubedo, dos lagunas sirve de «hogar» a varios millares de aves acuáticas: las de Vixán y de Carregal, de aguas dulces y saladas, respectivamente. En sus orillas es posible avistar cercetas, chorlitejos, correlimos y otras especies singulares. De ahí que este parque sea una visita obligada para cualquier aficionado a la ornitología.

    Las playas que rodean a este dunar no son menos impresionantes. Ladeira, O Vilar y Vilarcovo son opciones recomendadas para refrescarse o practicar diferentes actividades acuáticas. La más famosa, sin embargo, es Corrubedo, situada en la villa pesquera del mismo nombre.

    Además, este parque natural alberga dos miradores de importancia: A Pedra da Ra y Castro da Cidá. El primero se yergue sobre el monte Castro, a unos doscientos metros sobre el nivel del mar, regalando una panorámica sugerente del cabo de Corrubedo y las rías gallegas.

    A dos kilómetros de la playa de Ladeira, el mirador de Castro da Cidá proporciona una vista privilegiada de las Dunas de Corrubedo y la ría de Arousa. Como anticipa su nombre, se ubica en uno de esos antiguos asentamientos de la Edad del Hierro denominados «castros».

  • ¿Qué puedo hacer por la noche en las Cíes?

    ¿Te gustaría disfrutar de la experiencia de dormir en Cíes? Si es así, tienes que saber que la única forma de hacerlo es alojándote en el camping de la isla, en el cual puedes alquilar una parcela para poner tu propia tienda o, directamente, alquilar una tienda con toda la comodidad para no tener que cargar con la tuya ni perder tiempo instalándote. 

    Durante el día, casi todo el mundo tiene claro qué quiere hacer en Cíes y suele ser combinar paseos por la naturaleza y playa. Disfrutar de todo tipo de actividades en el agua y de largos paseos sin horarios. Pero ¿se puede hacer algo especial al llegar la noche? Desde luego que sí y en el mismo camping se encargan de organizar salidas para observar las estrellas. 

    Al no haber viviendas particulares en Cíes, ver las estrellas es muy fácil. No hay prácticamente contaminación lumínica y la experiencia es muy bonita. Pero no es la única cosa que se puede hacer en esta isla, pese a que carece de locales de ocio nocturno, como era de esperar.

    Muchas veces, la gente del camping se organiza para montar alguna pequeña fiesta, siempre respetando los horarios de descanso del resto de los usuarios de las instalaciones. A veces, una cena en común en grupos que se van formando y que suelen ser abiertos para que se una quién quiera. El arenal también es un lugar que se suele visitar para apurar un poco más la noche y ver las estrellas tranquilamente.

    Aunque todo el mundo suele acostarse pronto porque el día ha sido intenso y saben que al día siguiente habrá más, siempre hay quién alarga un poco la noche en la terraza del bar o charlando con los amigos. Pero, en general, hay silencio a partir de cierta hora y se duerme con una tranquilidad que no hay en la ciudad, sin coches ni otros ruidos molestos.

    La terraza del bar es la opción perfecta de quienes quieren acabar el día tomando algo y bromeando con los amigos o charlando con gente que acaban de conocer en el camping. Incluso el lugar para charlar con otros campistas a los que no se conoce de nada. En general, la actitud de la gente es abierta y amigable ya que todos están para pasarlo bien y disfrutar de la experiencia.

  • Mi bautismo de senderismo en las Islas Cíes

    El día que puse un pie en las Islas Cíes por primera vez para hacer una ruta senderismo islas cies fue uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre. Había oído hablar mucho de ellas, de su belleza salvaje y de cómo son un paraíso natural, pero nada te prepara para la magnitud de su esplendor hasta que lo vives. Había elegido la ruta del Faro de Cíes, la más conocida, para mi debut. Quería la recompensa de esas vistas panorámicas que tanto me habían recomendado.

    Bajé del ferry en el muelle de Rodas con esa mezcla de emoción y nerviosismo que precede a una aventura. La Playa de Rodas ya me dejó sin aliento: arena blanca impoluta, agua cristalina y un azul que se mezclaba con el cielo de una forma irreal. Pero no podía quedarme allí; el faro me esperaba.

    El inicio del sendero era suave, adentrándose en el pinar. El aire olía a salitre y a pino, una combinación embriagadora. Pronto, el camino empezó a ascender. No soy un senderista experimentado, así que me lo tomé con calma, disfrutando de cada paso. A cada curva, la vegetación cambiaba, ofreciendo diferentes perspectivas de la isla y del mar. Me impresionó la tranquilidad, solo rota por el canto de los pájaros y el murmullo lejano de las olas. La señalización era clara, lo que me dio mucha confianza para no perderme en mi primera vez.

    A medida que ganaba altura, las vistas se volvieron más y más espectaculares. Podía ver cómo la península de O Morrazo y la ría de Vigo se extendían a lo lejos, y cómo la isla de Monteagudo, la otra parte de las Cíes, se alzaba majestuosa a mi izquierda. El esfuerzo de la subida valía cada gota de sudor. La última parte del sendero, una cuesta más pronunciada y serpenteante, me puso a prueba, pero la anticipación de la recompensa me impulsó.

    Cuando finalmente llegué al Faro de Cíes, sentí una mezcla de agotamiento y pura euforia. La panorámica era, sencillamente, impresionante. El Atlántico se extendía infinito, el faro se alzaba orgulloso, y la brisa marina me refrescaba. Me quedé allí un buen rato, absorbiendo cada detalle, cada color, cada sonido. Fue una sensación de libertad y de conexión con la naturaleza que pocas veces había experimentado.

    Bajar fue más fácil, aunque mis piernas ya sentían el cansancio. Pero la satisfacción de haber completado la ruta, de haberme superado y de haber disfrutado de una de las maravillas naturales de Galicia, fue inmensa. Mi primera vez haciendo senderismo en las Islas Cíes fue un éxito rotundo, y solo puedo pensar en cuál será la próxima ruta que explore en este paraíso.

  • Planeando mi escapada: En busca de información turística sobre la Isla de Ons

    ¡Necesito vacaciones! Y este año tengo claro que quiero descubrir la Isla de Ons, ese paraíso natural que forma parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. Para empezar a organizar mi escapada, me he puesto manos a la obra para recopilar toda la información turística Isla de Ons. ¡Quiero saberlo todo sobre este pedacito de paraíso antes de poner un pie en él!

    Internet, como siempre, es mi principal fuente de información. He encontrado varias webs muy útiles, como la página oficial del Parque Nacional (illasatlanticas.gal) y la web isladeons.es, que ofrecen información detallada sobre la isla: cómo llegar, qué ver, dónde comer, dónde dormir…

    También he consultado blogs de viajes y foros de opiniones, donde he encontrado recomendaciones de otros viajeros que ya han visitado la isla. Me interesa conocer sus experiencias, sus consejos y sus recomendaciones sobre lugares que no me puedo perder.

    Para organizar mi visita, necesito saber cómo llegar a la isla. He descubierto que solo se puede acceder en barco, y que hay varias compañías navieras que ofrecen servicios regulares desde diferentes puertos, como Bueu, Sanxenxo y Portonovo. Voy a comparar horarios y precios para encontrar la mejor opción.

    Otro aspecto importante es el alojamiento. He visto que en la isla hay un camping y algunos alojamientos rurales. También existe la posibilidad de alojarse en Bueu o Sanxenxo y visitar la isla en una excursión de un día. Tendré que valorar las diferentes opciones y elegir la que mejor se adapte a mis necesidades y presupuesto.

    Por supuesto, quiero aprovechar mi visita para disfrutar de la naturaleza. He leído que la isla tiene varias rutas de senderismo, playas de arena fina y aguas cristalinas, y una gran riqueza de flora y fauna. ¡Tengo muchas ganas de explorar la isla y descubrir sus rincones más escondidos!

    También quiero conocer un poco más sobre la historia y la cultura de la isla. He visto que hay un pequeño núcleo rural con casas marineras típicas, hórreos y una pequeña iglesia. También me gustaría visitar el faro y conocer alguna de las leyendas que rodean a la isla.

    Estoy emocionada con la idea de visitar la Isla de Ons. Con toda la información que estoy recopilando, estoy segura de que voy a disfrutar al máximo de mi escapada. ¡Ya estoy deseando sentir la brisa marina, el sol en la piel y la tranquilidad de este paraíso natural!

  • Turismo en Nigrán: ¿qué ver en este municipio costero y sus alrededores?

    Al sur de Galicia se encuentra Nigrán, sede de faros, miradores naturales y hasta una batería militar del siglo veinte. A caballo entre Oia y Baiona, este histórico municipio es además un destino de turismo litoral, con arenales como Panxón, Prado, Patos y Area Loura, que sin embargo presentan un atractivo secundario para el público visitante, más interesado en la playa de Rodas, situada a diez kilómetros de distancia en las Islas Cíes.

    Accesible en barco desde el puerto de Panxón, esta playa de los alrededores de Nigrán cuenta con Bandera Azul y está considerada como la mejor playa del mundo por el diario The Guardian. Sus arenas dibujan la forma de una media luna y sus aguas cristalinas invitan a la práctica de esnórquel y otras diversiones acuáticas.

    El patrimonio natural de Nigrán también es tangible en sus miradores. Estas ‘azoteas’ de roca y vegetación permiten contemplar el litoral gallego, el Cabo Home y las cercanas Islas Atlánticas, como sucede en el mirador de Piricoto do Vilar. El de Monteferro, por su parte, ofrece una visión excepcional de las Islas Estelas, acogiendo rarezas como el Monumento a la Marina Universal o la batería militar J-3.

    En concreto, este soporte de artillería costera se compone de dos cañones y varios edificios anexos (garitas de vigilancia, un búnker y un polvorín), levantados de manera urgente en la década de los treinta. Permanecen abandonadas desde los años sesenta.

    La península de Monteferro es un destino habitual para los amantes del senderismo. Se trata de una lengua de tierra con bosques de pino y eucalipto y unas vistas espectaculares de la bahía de Vigo y de Baiona. En su extremo noroeste se alza el faro de Punta Lameda o de Meda, cuya linterna verde (de casi treinta metros de altura) guía a los marinos.

  • UNA ISLA DIFERENTE

    Unos amigos que viven en otra comunidad autónoma quieren venir este verano de vacaciones a nuestra ciudad y nos han pedido alguna clase de información sobre las islas de ons a la cual nosotros hemos ido muchas veces cuando éramos jóvenes. La isla de ons era un destino muy atractivo para los jóvenes que no podíamos permitidos pagar por ir a un camping normal, ya que en el camping que había antiguamente en la isla de ons era completamente gratis pero solamente podías estar una semana seguida. Alguna gente se iba a dormir una noche a las playas de Bueu y al día siguiente volvía a la isla durante otra semana. Toda la informacion ons te la podrán facilitar en cualquier sitio en el que te vendan los billetes del barco, aunque también te podrán dar información nada más llegar a la isla, ya que hay un puesto de información a los turistas. 

    Cuando éramos jóvenes preferíamos ir de vacaciones a la isla de ons, no solamente porque la estancia en el camping fuese gratis sino porque el viaje entre Vigo y Bueu que era donde cogíamos el barco hacia la isla de ons, nos salía mucho más barato que el barco a las islas cíes que nos quedaban más cerca que la isla de ons que teníamos que ir a la siguiente ría.

    Hoy en día por lo que he oído y me han comentado el camping ya no es como lo era antes y han construído unas tiendas con colchones dentro, lo que denominan glamping. Con lo que estoy completamente en contra, ya que no considero que sea la forma correcta de ir de camping. Me da la impresión de que buscaron una forma para poder cobrar a los campistas más de lo que deberían. A mi personalmente me sigue gustando ir de camping a la antigua usanza pero entiendo que los tiempos han cambiado y hasta en la forma de ir de camping se nota que la gente se ha acomodado demasiado y ya no sabe disfrutar de la simpleza de ir de camping como íbamos antes.

  • Con mis primos en Baiona

    Todo comenzó cuando mis padres me propusieron pasar un mes en la casa de veraneo de mis tíos en Baiona, un hermoso pueblo costero ubicado en la provincia de Pontevedra, en Galicia, España. La idea era que pudiera pasar tiempo con mis primos y disfrutar de la playa y el buen clima de la región.

    Cuando llegué a Baiona, lo primero que noté fue la belleza del lugar. La casa de mis tíos estaba ubicada en una colina con vistas al mar, y tenía un gran jardín lleno de árboles frutales y flores. Me recibieron mis primos, quienes me llevaron a dar un paseo por el pueblo y me mostraron los lugares más interesantes, como la fortaleza de Monte Real y la playa de Santa Marta.

    Durante ese mes en Baiona, tuve la oportunidad de hacer muchas actividades divertidas con mis primos. Por ejemplo, íbamos todos los días a la playa, donde pasábamos horas jugando en la arena y nadando en el mar. También fuimos a dar paseos en bote y a hacer excursiones por los senderos cercanos, explorando los paisajes naturales de la región.

    En las noches, nos reuníamos en la terraza de la casa de mis tíos para cenar y pasar tiempo juntos. Mi tía nos preparaba deliciosas comidas con pescado fresco y mariscos, y mis primos y yo disfrutábamos de largas conversaciones mientras veíamos las estrellas en el cielo.

    Otro de los momentos más emocionantes de ese mes en Baiona fue cuando fuimos a ver las fiestas del pueblo. Durante una semana, la ciudad se llenó de gente de todas partes de España, y se celebraron procesiones, conciertos y eventos deportivos. Mis primos y yo nos divertimos mucho bailando y disfrutando de la animada atmósfera festiva.

    En resumen, pasar el mes de agosto con mis primos en Baiona fue una experiencia inolvidable. Disfrutamos de la naturaleza, la playa y la cultura de la región, y lo pasamos muy bien juntos. Sin duda, fue una experiencia que nunca olvidaré y que me dejó muchos buenos recuerdos.

  • ¿Puedo acampar en las Cíes?

    Las Islas Cíes son uno de los reclamos de las Rías Baixas en Galicia. Muchas personas las conocen a raíz de que una de sus playas saliera en la lista de las más hermosas del mundo, elaborada por un prestigioso rotativo. Pero otras muchas las conocen a raíz de las historias que sus padres o abuelos les han contado de cuando las visitaban.

    Estas islas comenzaron a hacerse muy populares en los años setenta y los que iban en este momento a las islas lo hacían de manera muy diferente a cómo van los actuales visitantes. Acudían de manera libre, sin ningún tipo de control y plantaban su tienda donde mejor les apetecía. 

    Esto hizo que en poco tiempo comenzase a acumularse mucha basura en un entorno natural tan bello y que las islas comenzaran a coger incluso mala fama ya que iban grupos grandes que organizaban fiestas lejos de las poblaciones, pero dejaban todo en muy mal estado. 

    Por supuesto, también acudían otras personas que solo querían disfrutar del entorno natural y vivir una experiencia divertida cuidando el entorno. Pero como había que establecer un control, las autoridades acabaron metiendo mano en el asunto antes de que los daños fueran irreversibles.

    Por tanto, hoy no es posible acampar de forma libre en las Cíes, pero sí se puede acudir al camping islas cies para disfrutar de unos días en las islas de manera totalmente controlada. Existe un camping que tiene plazas para plantar las tiendas propias y también alquilan tiendas ya instaladas, evitando así que haya que cargar con la casa a cuestas. 

    Para acudir al camping hay que reservar previamente ya que el número de visitantes al día en las islas es limitado y también lo es el número de plazas del establecimiento. Cuando se realiza la reserva, el camping se ocupa de gestionar con la Xunta el permiso. Por tanto, solo hay que comprar los billetes de barco de ida y de vuelta.

    También es posible acudir a las Cíes a pasar el día, para eso hay que anotarse en la Web de la Xunta y conseguir el permiso correspondiente. Solo con ese permiso ya gestionado se puede comprar el billete para ir a pasar el día. Es recomendable que, al menos en temporada alta, estos permisos se soliciten con bastante antelación ya que muchas de las fechas se llenan con bastante anticipación.