Hay palabras que, al pronunciarse, cambian inmediatamente la temperatura de la habitación. «Cardiología» es, sin duda, una de ellas. Cuando asumes que tienes que hacerte una revisión, ya sea por pura prevención o por un pequeño aviso del cuerpo, es inevitable que el estómago se encoja. Esta mañana, el cielo amaneció encapotado, con ese gris denso tan gallego que casi invita a quedarse en casa, pero yo tenía una cita ineludible en el centro de Pontevedra que llevaba demasiados días rondándome la cabeza.
El trayecto hasta allí fue un verdadero ejercicio de contención. La mente humana tiene la mala costumbre de correr mucho más rápido que la realidad, dibujando e imaginando todos los escenarios clínicos posibles. Al llegar, aparqué cerca del río Lérez y comencé a caminar hacia la clínica. Pontevedra siempre me ha transmitido una calma especial con sus calles peatonales, sus plazas de piedra y su ritmo pausado. Sin embargo, hoy, de manera paradójica, mi propio ritmo interno iba a contratiempo. Cada paso sobre los adoquines húmedos de la zona vieja parecía resonar al compás exacto de mi pecho.
La sala de espera de una clínica del corazón tiene una atmósfera muy particular, casi reverencial. No hay charlas animadas entre desconocidos, solo el crujido de alguna revista pasando de página y la mirada algo perdida de quienes aguardan su turno. Me senté en una silla de la esquina, observando a los demás pacientes de reojo. Todos compartíamos en ese instante la misma vulnerabilidad silenciosa, ese respeto profundo por el músculo infatigable que nos mantiene en pie. Es curioso cómo damos por sentado nuestro cuerpo cada día, hasta que la simple perspectiva de una máquina de electrocardiogramas nos recuerda que somos un mecanismo sumamente delicado.
Cuando la enfermera pronunció mi nombre, sentí una mezcla a partes iguales de alivio y tensión. Pasé a la consulta. El especialista, con esa tranquilidad metódica que solo otorga la experiencia médica, me hizo las preguntas de rigor. Luego vino la parte puramente técnica y fría: el tacto helado del gel para el ecocardiograma y la colocación de los electrodos. Ver tu propio corazón latiendo en un monitor, abriendo y cerrando sus válvulas en un fuerte contraste de grises, es una de las experiencias más humildes que existen. Es la vida misma, en directo y sin metáforas.
La voz del médico rompió de pronto el silencio de la sala a media luz: «Todo se ve en perfecto orden. Tienes un motor sano». Aquella frase fue como abrir de golpe una ventana en una habitación cerrada. La tensión que se había acumulado durante la semana se evaporó en cuestión de segundos. Me limpié el pecho, me abroché la camisa y le di las gracias con una sinceridad aplastante.
Salir de la clínica de cardiología Pontevedra fue como pisar una ciudad distinta. El mismo cielo gris seguía ahí, pero de repente el aire de Pontevedra me parecía más limpio y ligero. Caminé de vuelta al coche bordeando el casco histórico, disfrutando del simple y majestuoso hecho de respirar sin preocupaciones. Visitar a un cardiólogo impone, es innegable. Pero salir por esa puerta con la certeza de que tu reloj interno sigue marcando la hora exacta es una recarga de energía que no tiene precio.