Las dificultades de acceso, una barrera de protección en destinos naturales

La inaccesibilidad de ciertos destinos naturales actúa como una barrera de protección contra el turismo masivo u overtourism. Este efecto colateral se hace evidente en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas. Para su medio millón de visitantes, la respuesta a cómo acceder a Isla de Ons o Cíes es el transporte marítimo, previa obtención de un permiso ante la Xunta de Galicia. Estas medidas y limitaciones, a priori negativas, tienen un impacto beneficioso sobre la «salud» de su patrimonio natural.

Pese a ser un motor de desarrollo, el turismo mal gestionado puede degradar ecosistemas enteros. El cierre de Maya Bay, en Tailandia, es paradigmático. Este exótico arenal alcanzó fama mundial tras el estreno del film La playa, pero el Gobierno restringió su acceso indefinidamente tras constatar que los corales habían desaparecido en un ochenta por ciento.

La tragedia ecológica de Maya Bay alerta de los peligros del sobreturismo. Una medida básica para combatirlo es limitar el aforo, algo relativamente fácil en archipiélagos y otros lugares remotos.

Desde un punto de vista ambiental, que un destino turístico sea inaccesible por medios aéreos y terrestres no es necesariamente malo. La afluencia de visitantes se produce entonces por la vía marítima, lo que facilita su regulación y vigilancia.

Como resultado, los efectos perjudiciales del turismo —como la generación de residuos, la erosión del suelo, la contaminación acústica o la perturbación de la fauna y la flora— se reducen de forma drástica.

Otra ventaja de las limitaciones de acceso es el menor riesgo de que especies invasoras se introduzcan en espacios protegidos, provocando injerencias en su cadena trófica e incluso la desaparición de endemismos de gran valor. Una muestra de su poder destructor está en la perca del Nilo (Lates niloticus), cuya inclusión en el Lago Victoria desencadenó la pérdida de doscientas especies autóctonas.