En una ciudad donde la lluvia firma su asistencia puntual y el viento atlántico conoce cada esquina, hablar de pintar fachada Narón es mucho más que elegir un color bonito. Es una decisión estratégica para plantar cara a la humedad, al salitre y a esa pátina verdosa que se instala con el descaro de quien cree que la pared le pertenece. Lo cuentan los técnicos de mantenimiento urbano: el clima no da tregua y la envolvente del edificio se convierte en una primera línea de defensa. Por eso, cuando uno se plantea intervenir, conviene hacerlo con mentalidad de periodista de datos: materiales, tiempos, permisos y costes, porque el maquillaje sin base sólida dura lo que un claro entre chubascos.
La fotografía inicial es casi siempre la misma: desconchados en zócalos por capilaridad, eflorescencias salinas en muros orientados al mar, micro-fisuras que se abren como grietas de una noticia de última hora y canalones colmatados que transforman cualquier día lluvioso en una cascada improvisada. Antes de la brocha, toca diagnóstico. Una limpieza a presión con agua templada y boquilla abanico, un desinfectante antialgas y antimoho de base clorada bien aclarado, y un repaso meticuloso con espátula para eliminar material suelto revelan la verdad del soporte. Si la pared “bebe” mucho, imprimación; si hay fisuras dinámicas, masilla acrílica con fibra o sellador elástico; si el soporte está pulverulento, consolidante. Un maestro de obra me decía con retranca: la pintura no hace milagros, simplemente luce el trabajo previo o lo delata.
El capítulo materiales pide lupa. En clima húmedo y salino, las pinturas acrílicas de exterior de alta resistencia funcionan como el titular fiable de un diario serio; si la pared tiene microfisuras o está expuesta a dilataciones, un revestimiento elastomérico aporta elasticidad y sella el poro; en zonas con presencia constante de verdín, los acrílicos siloxánicos aportan transpirabilidad y repelencia al agua, una suerte de impermeable que deja respirar. Para fachadas minerales, las de silicato ofrecen un anclaje químico y una pátina mate muy elegante. Importa menos la marca que la ficha técnica: contenido en sólidos, coeficiente de permeabilidad al vapor, resistencia a la intemperie y garantía del fabricante. Y sí, dos manos, cruzadas y con el repintado respetando tiempos; el “vamos con prisa” suele acabar en burbujas o en parches.
El color no es tema menor ni capricho estético. En cascos urbanos con ordenanzas, conviene consultar al ayuntamiento antes de convertir la fachada en un manifiesto cromático; hay catálogos, armonías con el entorno e incluso limitaciones en zócalos y cornisas. Desde el punto de vista práctico, los tonos medios y claros disimulan mejor el polvo, reflejan luz y mitigan la ganancia térmica en verano, mientras que los muy oscuros requieren resinas con mayor solidez a la luz para no “lavarse” a la primera temporada. El acabado mate camufla irregularidades como un editor con buen pulso, el satinado resiste mejor la suciedad pero evidencia más los defectos.
¿Y si el problema no es solo estético, sino térmico? La conversación se abre entonces a soluciones como el SATE (sistema de aislamiento térmico por el exterior), un traje a medida con placas de EPS o lana mineral, perfilería, adhesivos y una terminación armada con malla y revoco. Más inversión, cierto, pero con impacto en confort y factura energética que, en edificios antiguos, puede ser notable. También hay alternativas menos invasivas como revocos monocapa con propiedades hidrófugas o hidrofugantes transparentes para fábricas de ladrillo y piedra que repelen el agua sin crear película. La elección depende del presupuesto, del soporte y de la ambición de ahorro; lo que no cambia es la necesidad de mano experta.
Porque si algo distingue un trabajo profesional es lo que no se ve desde la acera: encuentros bien resueltos en alfeizares y vierteaguas, sellados de huecos con poliuretano o MS polímero, anclajes inoxidables que no lloran óxido, remates en coronaciones para que el agua huya donde debe. Un jefe de cuadrilla resumía la tesis con buen humor: la gravedad nunca se toma vacaciones, lleve usted el agua lejos de las juntas y tendrá media crónica ganada. Repasar canalones, instalar rejillas antihojas, revisar bajantes y añadir baberos en puntos conflictivos evita filtraciones que ninguna pintura soporta a medio plazo.
El cuándo también cuenta. Ventanas de 48 a 72 horas sin lluvia y temperaturas templadas favorecen la adherencia y el curado. La primavera y el final del verano suelen ser aliados en la comarca, aunque el parte meteorológico merece protagonismo diario. Pintar con humedad alta o paredes aún mojadas es como cerrar edición con el dato sin contrastar: tarde o temprano, se corre. Y ya que hablamos de tiempos, un ritmo prudente permite detectar sorpresas: ladrillos blandos tras un revoque, anclajes corroídos de antiguos toldos, asaltos del salitre en esquinas orientadas a los nordés.
Los números importan. Pintar únicamente, con una preparación correcta, puede moverse en una horquilla por metro cuadrado asumible para la mayoría, pero bastan andamios, cortes parciales de calle y tasas municipales para alterar el presupuesto. El SATE y otros sistemas de aislamiento elevan la inversión y alargan el plazo de obra, aunque suelen recompensar en valor de mercado y confort. Conviene pedir varios presupuestos desglosados, comparar calidades, preguntar por garantía escrita y confirmar que la empresa asume seguridad y salud: andamios homologados, líneas de vida, protecciones para peatones y señalización no son extras, son el abecé.
Hay también un punto de civismo que no se menciona tanto y que cuenta: proteger jardinería, tapar respiraderos, recoger residuos y gestionar escombros en un punto autorizado. En barrios con tráfico peatonal intenso, un buen plan de obra baja el volumen del “ruido” vecinal, ese editorial espontáneo que nadie quiere protagonizar. Y si la comunidad es de propietarios, dejar constancia de acuerdos, colores y memorias en acta evita el debate eterno sobre si el beige era más beige en la muestra.
La posobra no se firma con la última mano de pintura. Un mantenimiento anual con manguera o hidrolimpiadora suave en zócalos, una revisión de sellados antes del otoño y un repaso puntual de golpes o rozaduras alargan la vida del revestimiento. En zonas con verdín reincidente, un biocida suave de mantenimiento aplicado en días secos reduce rebrotes. Los repintados, dependiendo del sistema y la exposición, pueden espaciarse entre siete y doce años; las soluciones siloxánicas y los elastoméricos suelen estirar el calendario si se respetaron los pasos previos.
Queda, por último, el factor intangible: la percepción. Una fachada cuidada transmite orden, reduce la sensación de abandono y, según agentes locales, acelera operaciones de venta o alquiler. No es magia, es psicología urbana. Y si además de verse bien está protegida frente al agua y el sol, el retorno se nota puerta adentro con muros secos, menos moho en las esquinas y un termómetro menos caprichoso. En una esquina de Galicia donde las inclemencias son noticia habitual, darle a la envolvente el tratamiento que merece es una forma de contar que la casa está viva, preparada y, por qué no, con un punto de orgullo discreto que se lee desde la calle sin necesidad de titulares grandilocuentes.